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Creo que Santiago no ha recibido todos los homenajes que se merece, apenas un par de canciones por ahí, que no dicen mucho respecto a esta ciudad. Una ciudad que en los últimos treinta años ha tenido cambios dramáticos, un poco el reflejo de la historia de la patria y de la nuestra, de cada uno de los habitantes de esta urbe enmarañada, llena de contaminación, pero que de alguna manera sostiene,  como sea, nuestras vidas, con todo lo que eso significa,  alegrías, sueños dolores, victorias y derrotas.

Aún así, los santiaguinos no conocemos nuestra ciudad, no nos dedicamos a descubrirla, a buscar entre sus calles, lugares amigables, o hermosos, más aún, hemos visto imperturbables, como, verdaderos dioses de la fealdad y el mal gusto se han apoderado de las construcciones y de el diseño de esta ciudad, sin levantar nuestra voz, como si de otra ciudad se tratara que no tuviera nada que ver con nosotros y con nuestra propia vida.

Esfuerzos aislados y que se agradecen, los vecinos del Barrio Yungay, que, han defendido sus barrios y sus casas, con dientes y muelas, de un pretendido progreso, que no es más que progreso para los bolsillos de inmobiliarias que no privilegian precisamente el bienestar de los seres humanos, esos esfuerzos de los vecinos se debiera repetir en Recoleta Quinta Normal, Independencia etc. Pero hasta ahora como dicen los jóvenes “es lo que hay”.

El descubrimiento es uno de los ejercicios que pueden llevar a maravillarnos, descubrir el barrio Concha y Toro, los cités y pasajes de la geografía de la ciudad que aún resisten, manteniendo como eje central de la arquitectura y el diseño, al habitante.

Museos, plazas, bares, cafés, teatros están ahí a la vuelta de la esquina, esperando por nosotros.

Y si queremos alguna guía especializada, Heredia el personaje, solitario y citadino de las novelas de Ramón Díaz Eterovic, nos guiará complacientemente por parte de la historia reciente, y por las calles juguetonas de Santiago, con sus picadas, bares y cabaret, lugares marginales pero llenos de vida de la gran ciudad.

Será seguramente Heredia,  habitante de la ciudad, el que conservará la memoria de este Santiago poco querido, agredido, ciudad inhóspita y fría, pero hecha, únicamente a semejanza de quienes la habitamos. Santiago, solo es, el resultado de nosotros mismos.

Mientras leo “La ciudad está triste” me encamino a la calle Blanco, al restaurante Pello

En donde partiré con un arrollado de guaso, después una cazuela acompañada por la oferta del vino de la casa, que cada vez esta mejor de calidad y precio y seguramente me saltaré el postre, en aras de un bajativo como Dios manda, enviado por cuenta de la casa, y conversado como nunca con los amigos. Rogando porqué  los políticos de turno entiendan que Santiago es Santiago, y  no Barcelona, uno mal pensado, podría pensar que es lo único que han conocido, o, de lo que han leído recientemente.