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Hace algunos años en una mesa de Nueva York 11,más conocido como “La Unión Chica”,en comparación heroica a su crecido vecino, el poeta, José Maria Memet me comentaba lo extraño de estar ahí(fuimos en un horario desusado para poetas) y no encontrar a nadie.

En el restaurante había varios parroquianos pero Memet se refería concretamente al grupo de escritores, de los cuales Jorge Teillier era sin duda el líder.

Extraño lugar de sándwich de arrollado de guaso en marraqueta, vinos cervezas y platos del día. En este lugar se juntaron por más de diez años, el poeta Molina, Rolando Cárdenas, Carlos Olivares, Jorge Teillier, Ramón Díaz Eterovic y otros. Autores de Nueva York 11, la condición para estar presente en esta antología fue la de haber asistido en forma regular por más de diez años a ese lugar y a esa mesa.

¿Existirá en Santiago otro lugar con tan fieles parroquianos?

Extraño lugar cercado por bancos, movimientos bursátiles de hombres que corren tras el éxito, tras el poder. En este lugar se juntan los otros, los que no corren y cuyo mayor éxito es el placer y plenitud del abrazo de una silla junto al bar. Y conversar de cosas que no existen o que nunca existieron, mujeres que besaban con sabor a frambuesa y a menta fresca, que olían a yuyos y romazas. Amantes de revistas viejas de los antiguos Penecas, de héroes olvidados, de cantantes de tangos de la vieja guardia, de boxeadores que siempre perdieron en el primer round, de las aventuras de Buck Rogers y Billy the Kid.

Suele confundirse esta forma de vida con la derrota, pero ¿habrá algo mejor, en una vida que nunca será la misma, que vivir y hablar si ningún propósito determinado, solo con la alegría de la amistad, de la belleza y del amor? Cada cuál elige, otros preferirán las súper carreteras a los bosques, la barbarie la vulgaridad, los engaños y las trampas. Dios entregó el libre albedrío.

En un articulo anterior hablé sobre el acientífico argumento de la mediocridad de las cosas nuestras, refiriéndome a la cocina chilena, escondida olvidada, lejos de las llamadas grandes mesas obviada en las embajadas culturales.

Jorge Teillier nació en Lautaro el 24 de junio de 1935 y murió en Viña del Mar el lunes 22 de abril de 1996.

Un oscuro funcionario gubernamental lanzó algunas palabras hilvanadas tal vez a última hora, como seguramente la orden de asistir a ese entierro, por si fuese importante.
No asistieron Ministros ni políticos, el poder no estuvo en la vida ni en la muerte de Jorge.
Demasiado que hacer, demasiado que legislar, demasiado ¿que?
Desde el 23 de abril los medios de comunicación comenzaron a enterarse y hablaron que “la desaparición de Jorge Teillier es solo comparable a la dimensión de su talento “que Teillier es poseedor de una de las mentes más brillantes y una de las plumas más hermosas de la literatura chilena”. Aparecen suplementos especiales, programas especiales.

En su última entrevista Teillier decía: “Preferiría que el mundo me acogiera bien, tal como un día me acogerá la tierra”

Esconder lo nuestro desconocer lo que somos hace peligrar nuestra identidad cultural, y aclaro que luego no es posible comprarla en el supermercado o en el Mall de turno.
Necesitamos mostrar nuestra cocina, enriquecerla, recrearla, explicarla a nuestros hijos, prestigiarla.

Cuando todo está tan trastocado, en quienes no solo debieran ser defensores de lo nuestro sino que además tienen la responsabilidad de enseñarlo a los jóvenes de este país; lo cambian por payasos, magos, ventrílocuos, por vulgaridad, por circo, por tetas de mentira.
“La cultura no vende”. Los tres programas de TV. más vistos por los chilenos son tres de los escasos programas culturales. ¿Una tesis que no se puede seguir sosteniendo?

Mi hijo y sus amigos usan camisetas con los colores de Chile y lee “Cartas para reinas de otras primaveras”.

Y yo, cada cierto tiempo seguiré visitando un restaurante que nunca ha merecido una crítica gastrónomica y tomaré un vaso de vino del valle de Casablanca y un sándwich de arrollado y pebre, mientras busco el fantasma de Jorge, que seguirá gastando los codos de sus chaquetas apoyados en la barra de un bar de la ciudad.